La invitación llegó del consulado y si ellos decían que había sido elegida por ser líder de opinión, quién era yo para refutarlos. La reunión era con el Presidente de México en la residencia de Los Pinos. Entre los asuntos a tratar estaban las remesas de los migrantes a proyectos en zonas marginadas y casi olvidadas por el gobierno central. Nomás se acuerdan de ellas en época de votación.

En total fuimos más de 30 los elegidos, a nivel nacional, entre periodistas, empresarios y académicos. La primera sorpresa fue al llegar al aeropuerto. Nos recogieron en un autobús de lujo y fuimos escoltados por dos agentes en motocicleta que nos abrieron paso. A partir de ese momento, nos sentimos Secretarios de Estado, sin haber ganado ninguna elección.

En la Secretaría de Relaciones Exteriores ya nos esperaban el Secretario del organismo, el subsecretario, el secretario del subsecretario, el ayudante del secretario del subsecretario, además de varias edecanes, jóvenes que trabajan sin sueldo y otros oficiales de menor rango. Más de una ocasión, volteamos hacia atrás con la idea de que tal vez aquella comitiva esperaba a alguien más, pero no. Los honores eran para nosotros, los representantes de millones de mexicanos que contribuyen con sus divisas al desarrollo acelerado de su patria. Al menos eso fue lo que dijeron, además de ponernos el título de mexicoamericanos. En más de una ocasión aclaramos que todos éramos mexicanos, oriundos de Colima, Jalisco, Zacatecas, Puebla, Michoacán, Guerrero, entre otros estados.


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Esa aclaración no sirvió de nada. El título de mexicoamericanos ya estaba dado y lo cargamos en toda la visita.

El encuentro con el Presidente de México estaba programado para las 3 de la tarde en Los Pinos y debo decir, que nadie nos preparó para la ceremonia protocolaria que eso implicaba. Nos imaginamos un encuentro cordial, tal vez un círculo donde él desde el centro, nos preguntaría y sobre todo nos escucharía algunas de las muchas peticiones, quejas, inquietudes, denuncias y sugerencias que llevábamos. El mismo autobús que nos recogió del Aeropuerto, nos recogió horas después de nuestra llegada a la Secretaría de Relaciones donde fuimos objeto de una comida, reconocimientos y aplausos.

En Estados Unidos, los funcionarios de gobierno, son por lo general, accesibles, desde el alcalde, gobernador, vicepresidente. Un periodista los puede abordar y hacer las preguntas que considere pertinentes. El mismo Presidente está sujeto a contestar preguntas de los reporteros en lugares públicos, con mayor razón en su lugar de trabajo. Acaso no es un siervo de la nación. En México las cosas son muy diferentes, sobre todo cuando se trata del Presidente.

En México el Mandatario recibe, de los que lo rodean, el trato que se le da a un emperador, a un ser casi etéreo, superior y cualquier gesto, palabra o acto que provenga de él debe ser obedecido de inmediato. Además, su presencia debe ser anunciada con anterioridad para que todos los ojos estén puestos en su figura a su llegada. Una voz de trueno anunció que el Ciudadano Presidente Carlos Salinas de Gortari, atravesaba en esos momentos el Salón Benito Juárez, la misma voz anunció que se aproximaba al Salón Vicente Guerrero. No recuerdo el orden preciso de los salones que atravesó antes de llegar al salón donde nos encontrábamos.

Cuatro asistentes lo rodeaban, todos mucho más altos que él; al caminar, parecían encorvarse en un afán por disminuir su estatura. Uno de ellos se apresuró a señalarle su asiento, a la cabeza de las mesas que se colocaron en forma de rectángulo. Así todos lo podíamos ver. Un saludo frio sin dirigirse a nadie. Unas palabras de bienvenida y un breve discurso sobre las bondades del libre mercado y las ventajas de acabar con la propiedad ejidal. Alguien se aventuró a hacerle una pregunta. No fui yo. No hubo respuesta a esa ni a ninguna otra. Un fotógrafo salió de alguna parte, le tomó fotos al Presidente Salinas. Nada más a él y así como salió, desapareció, porque no lo volvimos a ver.

Esa experiencia me permitió apreciar las grandes diferencias que hay entre la forma en que se conducen nuestros presidentes latinoamericanos y los de Estados Unidos. En este país, el Presidente no es considerado etéreo, ni es una figura intocable. Se le cuestiona, se le puede criticar, ridiculizar, acusar y exigir y no hay consecuencias que lamentar. Bueno, eso siempre fue así, hasta que llegó el nuevo Presidente, por la forma en que se ha comportado con la prensa, sus asistentes, sus allegados y subalternos, éste pertenece a la escuela de los presidentes de nuestros países, los que dejamos atrás: Intocables, soberbios, rodeados de personas incapaces de hacerle ver lo mal que queda con sus declaraciones falsas, exageradas, provistas de sustento, que guardan silencio por temor a perder la chamba y se dedican a alimentar el ego del Presidente. Por ahora el Presidente no sabe qué hacer con sus desaciertos y vuelve a lo que mejor le resulta: Atacar a México y a los mexicanos. ¨México is a dangerous country and yes I am great and beautiful and yes I am going to build the wall.¨