
Puerto Príncipe, 6 feb (EFE).- El paso de las semanas ha convertido los improvisados campos de refugiados de Puerto Príncipe, carentes de las garantías sanitarias mínimas, en auténticas bombas de relojería cargadas con problemas de higiene y con la amenaza de todo tipo de enfermedades.
Tres semanas después del terremoto, que ha dejado más de 200.000 muertos, las calles de la capital haitiana son un festival de olores de imposible descripción a medida que la actividad recupera paulatinamente su ritmo en una ciudad contaminada por los vehículos y el polvo que se levanta de las casas derruidas.
De acuerdo con la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), en Puerto Príncipe hay 591 asentamientos improvisados de refugiados y al menos 700.000 personas necesitan atención primaria y vigilancia epidemiológica.
La OCHA indicó esta semana que "la salubridad se está convirtiendo en una cuestión de preocupación mayor en muchos de los asentamientos temporales".
En su último reporte de hoy, Unicef coincide en la alarma y advierte de que están incrementando los casos de niños con diarrea en esos asentamientos.
Los alrededores del Palacio Presidencial, o mejor dicho, de lo que queda de él, se han convertido en un depósito humano en el que se apilan refugiados, pero también cobertizos, basura y un mar de problemas hoy por hoy de difícil solución.
Siguiendo la lógica de colocación de contenedores de basura en cualquier ciudad del
Por las noches, la capital haitiana se convierte en una ciudad llena de fogatas y hogueras, que no buscan calentar ni iluminar a nadie sino incinerar la basura que se ha ido acumulando durante la jornada.
Por las mañanas el olor de la orina y las heces se sobrelleva hasta que el sol empieza a apuntar alto y el calor hace bajar nubes de moscas que se meten entre cobertizos mal apuntalados y lonas de plástico, mientras la gente comienza a cocer la comida del día.
A esto se le añade que una mediana de dos metros en una carretera sirve para colocar docenas de chamizos en que dormir bajo el bombardeo del humo de los vehículos, y que la búsqueda de los cuerpos aún sepultados bajo los escombros es fácil de hacer sintiendo el hedor de la putrefacción.
En medio de la calle y con chancletas, como si estuviera a la puerta de su casa, Benito Diomet, de 33 años, barre con esmero y atención para lograr dos metros cuadrados de impecable pulcritud en la acera.
"No quiero dormir en la mierda", dijo a Efe Diomet, que vive en el parque junto a un hermano, bajo cuatro maderas sin tan siquiera un plástico con el que resguardarse.
Antes del terremoto se dedicaba a vender refrescos por las calles; ahora también, según muestra apuntando a una pequeña nevera portátil en la que guarda todo lo que le queda en este mundo.
"Estamos mal, aquí no hay forma de estar, tenemos que hacer nuestras necesidades en la calle porque no hay a donde ir", dijo por su parte Mitdi Jiuliane, una mujer de 49 años, que vive en una tienda mal asida con cordones de zapatos a unos puntales de madera revestidos de plástico azul.
Ante los campamentos que rellenan el Campo de Marte, la explanada que ocupa el centro de la ciudad, una cola de personas se apilan ante un camión cisterna en uno de los puntos de distribución de agua fresca.
Allí, resguardando unas balsas medio llenas con el líquido, Sammi Kesner trata de organizar la entrega de los alrededor de 13.000 litros que reparten a diario.
"Hay mucha gente y hay cola todo el tiempo, pero todos tienen agua", dijo Kesner, de 30 años, que ante la pregunta de dónde se puede tirar el agua usada o sucia da la única respuesta posible: "en ningún sitio".
La acumulación de gente es tan grande que los pocos baños públicos portátiles que se han ido situando por la ciudad no sólo no son una solución sino que se han convertido en un problema por la falta de la estructura necesaria para su constante limpieza.
"Ahí yo no entro, eso está caliente caliente", dijo señalando a uno de ellos Sergio Fecu, de 48 años, que antes del terremoto trabajaba como traductor y ahora sale cada día de uno de los campos de refugiados para tratar de cazar algún extranjero al que sacarle unos dólares por comunicarse en creole.
"Me avergüenzan las condiciones en que vivo", dijo. EFE
Después del terremoto todos esperan con temor la lluvia en Haití
José Luis Paniagua
Puerto Príncipe, 7 feb (EFE).- Desde los técnicos de las Naciones Unidas hasta los damnificados en los rincones más apartados, todos saben en Haití que a falta de menos de cuatro meses para que empiece la temporada de huracanes en el Caribe la lluvia viene, y pase lo que pase no va a ser nada bueno.
En Haití hacen falta al menos 200.000 tiendas de campaña, de las que sólo se ha cubierto pírrico porcentaje, y un millón de personas viven en asentamientos improvisados en Puerto Príncipe, una ciudad sin infraestructuras adecuadas en la que los escombros que cubren algunas calles simplemente suponen el último de los problemas.
"Todos estamos muy asustados porque la lluvia comienza en marzo y esto no está preparado", indicó a Efe la responsable de comunicación de Unicef en Haití, Francoise Vanni, al señalar que, según cifras estimativas no confirmadas, ahora mismo hay alrededor de 10.000 tiendas de campaña en el país.
"Necesitamos refugios, refugios y más refugios", agregó.
El temor de Vanni no es nuevo y es bien sabido. Incluso el propio jefe de la misión de la ONU en Haití (Minustha), el guatemalteco Edmond Mulet, advirtió esta semana de la urgencia de dar solución a la necesidad de "alojar a dos millones de personas, que son los que están sin techo en Puerto Príncipe".
"El tema que más nos preocupa ahora también es cómo proteger a estas personas porque ya viene la estación de lluvias, los huracanes", declaró a Efe Mulet, al alertar de la fragilidad de los "campamentos improvisados por todas partes".
En el mercado del bulevar de La Saline, frente al puerto de la ciudad, son bien conscientes de ello. Peter, de 20 años, vende lonas de plástico resistente, un material que normalmente sirve para resguardar superficies del sol y del agua, pero que hoy por hoy, bien colocado, puede ser una tienda de campaña de lujo.
"Yo se las compro a un hombre que las vende, viene una vez al mes de República Dominicana. Vino tras el terremoto y vendrá ahora otra vez, quizá", explicó.
Una de esas cubiertas cuesta 1.000 gourdes (unos 30 dólares), casi la quinta parte de un mes de salario medio en el país, pero aún así el joven asegura que los vende "sin problemas".
Y probablemente seguirá vendiéndolas, aunque el ex presidente estadounidense Bill Clinton anunció el viernes la llegada en los próximos siete días de 27.000 tiendas de campaña más, una cantidad que aliviará la situación pero no resolverá el problema.
Fuentes de distintas agencias de la ONU consultadas por Efe coinciden en que el problema en este momento radica en determinar si los campos de refugiados van a ser temporales o a más largo plazo para así empezar a tomar las medidas de habilitación de infraestructuras. Algo que depende sólo de una decisión política.
Esa decisión corresponde al Gobierno haitiano, sin embargo el Ejecutivo ha estado incentivando la salida de personas de la capital -hasta el momento han dejado Puerto Príncipe alrededor de 480.000 personas, según datos de la ONU-.
El Gobierno reconoció a finales de enero que ha privilegiado la construcción de dos campamentos en la periferia de Puerto Príncipe y por ello no ha querido distribuir entre los damnificados las carpas recibidas de organismos humanitarios, para no perpetuar su presencia en estos lugares.
Mientras tanto, las calles cada noche se convierten en enormes dormitorios colectivos por el temor de la gente a regresar a sus casas, algo que parece difícil de que siga cuando lleguen las lluvias tropicales.
"Cuando llegue la lluvia nos vamos a ahogar", indicó a Efe Licia Gil, una mujer de 45 años, que vive en un patio junto a la carretera en el que se han levantado cinco cobertizos con palos y manteles.
Gil vive con diez personas más, y dice: "Ahora mismo es malo, pero si llueve y todo se llena de barro, sin agua, sin baño, no sé qué vamos a hacer. No tenemos a donde ir", dijo resignada.
Markus, un joven camarero que trabaja en uno de los pocos establecimientos hosteleros de la ciudad que funcionan, aseguró que la lluvia es algo que no va con las haitianos.
"A nosotros no nos gusta la lluvia, normalmente cuando llueve uno se puede quedar incluso un día acorralado sin poder salir de donde está, ahora ya no se puede ni esperar en ningún sitio", dijo, al explicar que es malo si tienes casa porque el agua "te puede entrar dos metros" y es peor si no la tienes.
"Creo que es sólo bueno para el campo, así puede llegar más comida para la gente", dijo. EFE



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