Alejandro Aura, poeta y animador de la cultura (Notimex/Archivo)

Uno ya se siente macizo y listo para los adioses, cuando los escritores que uno hizo propios se van yendo. Algunos, incluso, los conocí personalmente.

Con Jaime Sabines, estuve cuando le celebraron su 50 aniversario.

Con Octavio Paz, cuando vino a Los Angeles a la exposición de su esposa Maria José.

Con Eliseo Diego, cuando hubo un Congreso de Poetas en la Ciudad de México.

Con Edmundo Valadés, cuando nos juntábamos en su taller de cuento.

Con Hugo Argüelles, cuando nos enseñaba teatro en la SOGEM...

El último en irse, esta semana, fue Alejandro Aura, el poeta de la Ciudad de México y animador de la cultura.

Lo recuerdo en aquel programa del canal 11, donde jugaba a que sus invitados amigos disertaran sobre un tema que sacaba al azar en un papelito de una ánfora.

Hoy, me encuentro en la Internet www.alejandroaura.net) este poema, y me quedo tranquilo de saber que aún existe, no él, sino su imaginación:


DESPEDIDA

"Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,

pedir los abrigos y marcharnos,

aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo

y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;

se quedarán los demás, que cada vez son otros

y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,

también el hueco de nuestra imaginación se queda

para que entre todos se encarguen de llenarlo,

y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,

como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo

y luego, sin rencor, deja de estarlo.

¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,

allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas

esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,

eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo

con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas

en el que el tiempo se mueve tan despacio

que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.

O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan

las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas

de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,

esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.

O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando

que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.

Lo que queda no hubo manera de enmendarlo

por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,

ya estaba medio mal desde el principio de las eras

y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse

a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,

de modo que se queda como estaba, con sus millones,

billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,

esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos

y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.

Nos vamos. Hago una caravana a las personas

que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós".