Don Trino Heredia, un campesino zacapense de 84 años (José FUENTES-SALINAS/Archivo)

Zacapu, Michoacán, México.- Está ahí, en donde el camino rocoso, zurcido de anís y otras yerbas se hacen dos.

Con su hoz en la mano y el perro esperando, Don Trino Heredia conversa con otro campesino.

Tiene 84 años, y cientos de historias que contar.

Con cierta discreción interrumpo su plática para preguntarle por las yácatas, por las pirámides que ahora deben estar escondidas entre tanta yerba.

Con una gran cortesía me da santo y seña.

-Por allá están algunas -dice apuntando a hacia la parte más alta de La Piedrera- yo ahí tengo mi ecuaro.

La pregunta es el detonante para una conversación que enlaza mitos con historias reales de los tarascos que, según Eduardo Ruiz, llegaron primero a Tzacapu, antes de establecerce a las orillas del Lago de Pátzcuaro, luego de que los de Naranxán les robaron a su Dios Curicaveri.

Me hablan de El Palacio del Calzonzin, que supuestamente estaría debajo del montículo de la Cruz Grande.

-Ahí, un tal Antonio Zirate encontró unos monos de piedra -dice Trino- pero no pudo sacar ninguno porque la entrada desaparece.

Luego, entre los dos campesinos me hablan de cosas extraordinarias que ocurren en esa área llena de rocas y arbustos.

Como por ejemplo, cuando algunos han escuchado sonidos de caracoles o chirimías, que una vez que se van acercando al origen del sonido, este se desplaza a otro y a otro lado, hasta que el temor los detiene.

-Fíjate Trino -le dice el otro campesino- que dos o tres veces he escuchado casi como si tuvieran una fiesta allá en aquella parte. Pero, nomás llego, y nada.

En un conjunto de terrenos comunales del Malpaís han sido frecuentes los hallazgos arqueológicos de los antigüos tarascos: pipas de barro, vasijas, cascabeles de cobre, ídolos, utenzilios de piedra, puntas de flechas, cuentas de collar y portagujas de barro parecidas a las cuentas de collar. Todo esto está disperso entre coleccionistas privados y algunas colecciones

Así encontré a Don Trino Heredia, conversando con otro campesino, antes de iniciar sus faenas que no suspende ni los días domingos. (José FUENTES-SALINAS)
oficiales.

La mayoría está perdida para siempre, rota, destruída. En los surcos abundan los "tepalcates" que se esparcen entre las matas de maíz.

-Mire, váyase con él -dice el campesino- Don Trino le puede enseñar el rumbo de las yácatas.

Con una gran fortaleza, el hombre de 84 años camina sin preocupación delante de mí, por caminos angostísimos, borrdeados de cercas adornadas por flores de calabaza y enredaderas.

Platica y conversa como un muchacho, subiendo piedras.

El perro "Solovino" va adelante.

Trino Heredia me habla de la gran cantidad de yerbas que sirven para remedios, y que ya los jóvenes no conocen. Me habla de los tres años que fue a California. De los muertos que a veces se le aparecen cuando se queda solo en la cabañita que tiene a un lado de su milpa.

-Para que voy a hablar mal del norte -dice- yo hice buen dinero, pero no me rindió, porque fui muy borracho, muy parrandero. Yo estuve en la fresa, en el durazno... ¿que cómo me trataban?... Igual de mal que a los demás. Nos daban pescuezos de gaviotas que eran muy ligozas Pero en Watsonville (California) hubo un cocinero jotito que nos daba muy bien de comer. Se subía a una mesa y nos decía: 'muchachitos ya vénganse a comer que hoy les hice mole'. El mole se acababa completamente.

Don Trino tiene nietos en Utah y Arizona, y, en cierto momento habla de los males que produce la inmigración: se muere la madre y los hijos no están, cambian las costumbres

Don Trino Heredia camina con su botecito para ordeñar a su vaca (José FUENTES-SALINAS)

Aunque parece más sano que un Fresno, Don Trino asegura que ha tenido sus enfermedades. Tuvo cancer de próstata, desgarres de músculos

-Una vez me salió una bolita en un testículo como del tamaño de un arroz, luego se hizo como de un maíz, y una haba Cuando me la operaron ya era muy grande y tenía mucho líquido.

En su tejabán, Trino muestra el duraznito que da dos veces al año frutos, el aguacate que trajo de Uruapan, la sávila...

Luego saca un botecito de plástico para ir a ordeñar a su vaca.

-A ver si me da un botecito por lo menos -dice.

En un rústico tejabán que le sirve para resguarecerse de la lluvia, tiene una cama de lamina oxidada y unos viejos tennis adidas. Cuenta que ahí, una vez el espíritu de un muerto lo abrazó, sin dejarlo ver o moverse. También hubo una vez en que una víbora chirrionera se le apareció y se levantó del suelo sostenida en su cola.

-Yo le decía 'acercate desgraciada y verás cómo te corto la cabeza', Volteaba para todas partes como si buscara a alguien, silvando. Luego se me acercó y le tire una bufanda. Instantaneamente se desapareció.

Pero de los muertos que aparecen en vasijas de barro, asegura que es muy respetuoso, y vuelve a enterrar los huesos.

-Antes los enterraban en ollas -dice- quién sabe si los destazaban para que cupieran. Pero aquí han salido hasta de a tres cabecitas en una olla. También, mi hijo ha encontrado cascabeles de cobre y unas como campanitas.

Con tantas historias, le pregunto si sus hijos las valoran, si ellos estudiaron.

-No- me dice sin dejar de caminar- ellos no se hicieron de escuela, porque los descuidé, porque, como le digo, yo era muy borracho.

La amabilidad de Don Trino lo lleva a ofrecerme que corte flor de calabaza de su ecuaro.

Le tomo unas fotos.

Sonríe, y me invita a que regrese cualquier día de estos.