Zacapu es mucha pieza, todavía, para comérselo en dos semanas.
Trato de comprenderlo en una, y me quedo corto.
Hay tanto trecho recorrido, tanto por hacer, tantos desastres y maravillas cotidianas.
La ciudad con la mejor agua, ya no bebe de sus manantiales, sino de una compañía transnacional.
El auto, que en los países desarrollados ha dejado de ser símbolo de estatus, aquí todavía es el signo de progreso de la clase media.
En una bicicleta, y sobre mis botas camino calles de gente buena.
Me emociona ver en la oscuridad chamacos yendo a la escuela, señoras saliendo a hacer ejercicio.
A quien me encuentro, pregunto.
Trato de ser moderado en mis críticas.
No quiero caer en el Síndrome del Visitante Redentor.
Pero ¡carajo!, quiero tanto a Zacapu, aunque no posea un solo metro de tierra.
Con mi hoz que recién compré, trepo caminos, ayudándo a los tres señores encargados de hacer el cerro de La Crucita más transitable.
Que distinto es estar en lo más alto de La Crucita, en lugar de esas calles que huelen a gases.
En la Escuela Secundaria Morelos, saludo al maestro Efrén, quien me enseñó a querer la historia.
Me encuentro también con Arturo Chavez, un Viejo compañero de escuela.
-¿Te acuerdas?
-¿Cómo no me voy acordar?
-¿Y qué pasó con Tribilín, La Momia, La Gringa, la Burra, el Colorado ?
Soltamos la carcajada al acordarnos de los sobrenombres.
La matria es la puerta de entrada de la patria. Don Luis Gonzalez y Gonzalez tenía razón al inventar la microhistoria.
¿Qué es mi historia de México sin el Zacapu que yo vivi?
Mis cuadernos se van llenando de apuntes.
Mi cámara sigue disparando.
Pero no quiero reventar de emociones.
En lo más alto del cerro de La Crucita, reflexiono, trato de organizar esto que observo.
Me quedo callado.
Bajo en silencio.
En La Zarcita, todas las señoras y señores hacen aeróbicos con música.



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