Querido Paco: te escribo con esta clave, para ver si mis saludos te llegan más rápido.
Ya sé que esto es una jalada.
Que no hay forma ya de decirte nada, de agradecerte nada, de recordarte nada...
Pero, no importa. Lo hago de todas formas, para estar bien conmigo mismo y con dos o tres colegas que andan por ahí tecleando las computadora: Victor Ronquillo, Pino Paez, Benito Taibo, Rafael Romano, Andrés Ruiz, Juan Domingo Argüelles...
Quiero decirte Paco, que los libros de pasta dura que alguna vez nos regalaste (no se si como regalo de Navidad) de Juan José Arreola (Confabulario) y Juan Rulfo (Llano en llamas) están ahí ordenaditos en mi librero, y los releo de cuando en cuando a tu salud.
Pero eso no es lo más importante que nos diste, Paco.
Cuando colaboramos contigo en la Sala de Redacción de El Universal en esas cuatro páginas de la Sección Cultural, tu eras uno de los mejores animadores de la escritura.
Recuerdo que verdaderamente te entusiasmabas por lo que escribíamos, y eso nos entusiasmaba aún más a nosotros.
Recuerdo que una vez estabas preparando un libro sobre la comida mexicana, y te hablé de las chapatas, corundas y uchepos michoacanos... Y no solo me preguntaste más al respecto, sino que me pediste que te escribiera un poco más sobre las chapatas, esos tamales hechos de maíz morado.
Otras veces, con esas cosas de las prisas, los epigramas de tu Gato Culto, nos hacían reflexionar sobre esas pequeñas cosas que tejen la creatividad de los instantes.
¿Animador? ¿Editor? ¿Jefe?... No sé como te debería ubicar en la taxonomía de los héroes culturales.
Lo cierto es que estas letras y gran parte de mis crónicas que he desmadejado por estos rumbos de California existen porque alguna vez tu me abriste la puerta generosa de tu sala de redacción.
Hasta luego Paco.



Font Resize