Una noche nos mandaron a dormir a otro cuarto. No sé si dormimos los hijos menores en una colchoneta o un petate. Por la noche se escuchó el bullicio de gente que llegaba. No eran los Santos Reyes. Sabía que mi madre estaba por llegar de la Ciudad de México.
En la casa de Zacapu se escuchaba cuando se detenían los Autobuses de Occidente o Tres Estrellas, al lado de la carretera, pero por la noche era muy improbable que hicieran parada frente a esa casa tan en la orilla de la ciudad. Por eso dudaba que mi madre llegara por la noche.
Por la mañana, el bullicio seguía creciendo. Había más gente en la casa, inclusive las madres de la Escuela Cuahutemoc, donde también daba clases mi padre.
¿Habría llegado también mi madre?
¿Qué me habría traído de regalo? ¿acaso un huevito de plástico con un pollito adentro como la otra vez?
Mi tía Raquel, la de Coeneo, fue por mi al cuarto.
-Ven hijo, para que veas a tu madre -me dijo.
Pasamos por el portal donde mi madre solía abrir las maletas a la mañana siguiente de que llegaba de la Ciudad de México, pero todo aquello era muy raro. Un compadre de mi papá que casi nunca lo visitaba había traído una botella de Aguardiente Uruapan y la gente se distribuía por varias partes.
Finalmente, entramos a lo que era la sala, a la entrada de la casa.
No tuve tiempo de prepararme.
Mi tía Raquel me levantó en brazos y me acercó al terrible ataúd, lleno de crisantemos blancos, donde se veía el rostro quieto de mi madre.
-Mírala, ahí está -me dijo.
¡Maldito día!
¡Cómo se atreven a darle esa sorpresa a un niño de 9 años!
Quizá mi tía Raquel sabía que esa era la mejor forma de confrontar la muerte, abrazado de otra madre-tía-coraje. Ella tenía uno de esos estilos bravos de querer y confrontar las cosas.
Luego me dijeron todos esos cuentos de que las madres se van al cielo, sin saber que me estaban poniendo en contra del cielo que tanto quería, cuando me ponía a buscarles formas a las nubes tirado en el pasto.
Días después, me sentí afortunado de tener tres hermanas mayores y solteras que se encargarían de repartirse la maternidad inconclusa con los menores.
Lo lograron parcialmente.
Cuando uno pierde a su madre tan temprano queda para siempre desmadrado.
Siempre se queda imaginando ¿cómo hubiera sido crecer con una jefecita regañona a su lado?
Uno siempre se la pasa imaginando eso, así como una mujer que nunca ha tenido hijos siempre se la pasa pensando ¿cómo hubiera sido tener un hijo propio?, aunque adopte o tenga muchos sobrinos que la quieren.
Por eso, este Día de las Madres, si la tienen, por lo menos visítenla.
Comentarios: cartas@impactousa.com



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