La toma de posesión de Enrique Peña Nieto quedó manchada por las protestas afuera y adentro del Palacio Legislativo de San Lázaro. Las de adentro, con pancartas y consignas de algunos diputados del PRD y de las fracciones del PT y el Movimiento Ciudadano cuestionando la legitimidad del hoy Presidente de la República, caben, sin ningún problema, en la naturaleza democrática de cualquier parlamento.

Las de afuera fueron de dos tipos: una, que también cabe en democracia, la de una oposición más radical, encabezada por AMLO y el Morena, que desconoce a Peña Nieto como Presidente pero pone por delante el carácter pacífico de su protesta; y otra, que ya no cabe, la de grupúsculos violentos que, transformadas en vandalismo, desataron la ruda respuesta de la fuerza pública.

Esas expresiones vandálicas nada tienen que ver con el ejercicio aceptable y civilizado de la política y, en este caso, dejan un fuerte tufo a provocación y descubren en el fondo una especie de macartismo proveniente, no se sabe aún, si de grupos que presionan al gobierno a contener con la fuerza a opositores radicales o del gobierno mismo.

Pueden entenderse, aunque sin justificación alguna, las protestas rijosas de grupos que no desechan la violencia como una herramienta de lucha, como la CNTE, el Frente Francisco Villa o la llamada Otra Campaña, algunos de cuyos integrantes plantaron cara a las vallas metálicas con que se fortificó San Lázaro, y arrojaron piedras y bombas incendiarias a fuerzas públicas que respondieron con gases lacrimógenos y, según algunos testimonios, hasta con balas de goma.


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Pero parece no caber duda, por la manera en que discurrieron los hechos, que en esos grupos violentos había verdaderos provocadores -quizás parte de ellos o deliberadamente infiltrados- que explican la forma en que una protesta política se fue transformando en vandalismo.

En esa provocación -sin precedente en el DF, como dijo el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard- es donde debe buscarse una explicación al saldo que dejaron el sábado violencia y vandalismo: el desprendimiento de ojo de un joven en las inmediaciones de la Cámara de Diputados, así como la fractura de cráneo con exposición de masa encefálica de un viejo activista de 65 años; o la destrucción de vidrios y mobiliario de negocios y restaurantes en avenida Juárez, y la detención de 92 personas a quienes se acusa ahora de ataque a la seguridad, delito que tiene una pena que va de cinco a 30 años de cárcel.

Una provocación así buscaría justificar un endurecimiento del gobierno contra esas expresiones de vandalismo, sí, pero también contra otras legítimas y pacíficas de oposición política. Y es ahí donde entra la referida intención macartista, entendida (en referencia al senador de EU Joseph McCarthy, que entre 1950 y 1956 desató una persecución contra todos los que suponía que eran comunistas) como la acusación de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a pruebas o evidencias contra grupos política y socialmente opositores.

Aquí cabe precisar con toda claridad que los actos de vandalismo del sábado nada tienen que ver con AMLO ni Morena, aunque no reconozcan a Peña Nieto como Presidente. Y a aquellos que insisten que son consecuencia del odio que inoculó en la sociedad, sería bueno recordarles que la campaña de odio que dividió al país hace seis años no fue iniciada por él, sino por sus contrincantes políticos (Fox, Calderón y las cúpulas empresariales); y que fue él quien evitó hechos de sangre peores a los que acabamos de atestiguar, cuando el 1 de diciembre de 2006 disuadió a sus seguidores de ir del Zócalo al Congreso, donde Felipe Calderón estaba por rendir protesta.

Instantáneas

1. LAS 13 DECISIONES. Anunciadas en su discurso de inauguración por el presidente Peña Nieto, hay al menos cuatro que toma de la izquierda: la idea de que el delito no sólo se combate con la fuerza y que es preciso un plan nacional para prevenirlo; el anuncio de una pensión para jefas de familia; la ampliación a los 65 años para el programa de apoyo a adultos mayores; y la austeridad en los gastos del gobierno. Los grupos conservadores que tradicionalmente han calificado de populistas ese tipo de medidas ya empiezan a preguntar que de dónde saldrán los recursos para financiar esos programas.

2. PACTO POR MÉXICO. Peña Nieto finalmente sentó a las tres principales fuerzas políticas del país para negociar un gran acuerdo político nacional y lo hizo en su primer día de gobierno. Lo firmado ayer en el Castillo de Chapultepec por el gobierno, el PRI, el PRD y el PAN es una agenda que define cinco temas básicos, el método de trabajo que dará lugar a las iniciativas de ley de las llamadas reformas estructurales que deberán procesarse en el Congreso, y la manera en que los acuerdos se irán comunicando a la sociedad.

(rrodriguezangular@hotmail.com @RaulRodriguezC)