Quisiera por ahora dejar las cuestiones literarias al margen de esta columna e intentar describir el asombro y desazón que me causa el estado en el que se encuentra el hombre común y corriente de nuestros días. Y puedo hablar acerca de ello porque restando algunas comas o resanando varios puntos yo me cuento dentro de esa definición.

Mi asombro está justificado cuando veo que las personas son cada vez menos libres incluso en asuntos que en el pasado no se consideraban importantes. ¿Quién puede reparar su auto sin ayuda? Hoy existe una red de empresas que van tomando en sus manos nuestra relación con el mundo cotidiano y que, en buena medida, nos despojan de autonomía y determinación a nivel individual.

Sean bancos, líneas aéreas, inmobiliarias o compañías de seguro, estas empresas actúan con una libertad tal que son capaces de imponer condiciones a quienes disponen de sus servicios, es decir a nosotros los hombres comunes y corrientes. En treinta días una persona puede recibir cientos de llamadas por parte de uno o varios bancos a la hora más insospechada sin que las instituciones reguladoras que cuidan del ciudadano propias del caso hagan algo para restaurar la intimidad en las casas: tales instituciones sólo actúan cuando el ofendido actúa por su propia cuenta. Una publicidad ominosa y bestial nos sale al paso todos los días y en todos los medios posibles.


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Y cuando uno quiere remediar algún aspecto de esta calamidad y hablar con alguien capaz de tomar decisiones y resolver los dilemas se encuentra con personas (también comunes y corrientes) que no tienen autoridad, que son ignorantes del funcionamiento general de la empresa o de las leyes, que cobran salarios ínfimos y que sirven a las empresas como escudos para continuar cometiendo fechorías.

Estas personas forman el muro de la incomunicación. Cuando uno cansado o harto de chocar contra este muro humano acepta las condiciones impuestas por la empresa pese a lo injustas que puedan ser, entonces da un paso atrás en lo que tendría que ser la defensa de su libertad y de sus derechos humanos.

No me refiero solamente a México, sino en general a las sociedades contemporáneas en las que el Estado se ha transformado en un mero gestor del poder económico. No es necesario enarbolar una causa de izquierda o derecha -términos que se prestan cada vez más a discusiones anacrónicas e inútiles- para expresar el disgusto que causa a las personas comunes y corrientes el hecho de haber sido entregadas vía la ignorancia y la desprotección civil a todas estas empresas como rehenes consumidores e incapaces de defenderse o de hacer prácticos sus derechos teóricos. Se cumplen ya quince años de la publicación de "La tercera vía", de Anthony Giddens, descripción de una política alternativa que el propio autor define así: "La reestructuración de las doctrinas socialdemócratas para que sean capaces de responder a las revoluciones paralelas de la globalización y la economía de la información."

Seguí de manera atenta la crisis española de los últimos meses y el grueso de los políticos no hacen más que culparse entre ellos por la grieta económica en que ahora vive su país. Estos políticos juegan un papel importante como señuelo o distracción de los problemas fundamentales de la sociedad que se denomina a sí misma global ¿Cuáles son estos problemas? Todos aquellos que deterioren el bienestar de las personas y mantengan o hagan crecer las extremas diferencias económicas, de educación y salud pública que existen en las supuestas democracias modernas (promover la inteligencia y la virtud de las personas, pedía Stuart Mill al buen gobierno). Regular y administrar desde el Estado en busca de la equidad y el respeto a las personas comunes tendría que considerarse una exigencia contemporánea. El libre mercado no se regula a sí mismo y sólo es benigno cuando posee una dirección ética que beneficie a todos los actores de ese mercado, y más si dicho mercado tiene lugar en democracias representativas.

La desazón crece porque los hombres comunes y corrientes nos sabemos solos ante ese pacto cada vez más sólido entre corporaciones y sus operadores políticos. Hace años escribí un libro en el que intenté describir lo que sería un lugar habitable para aquellos que no poseen grandes ambiciones y sólo desean vivir tranquilamente. Mas como están las cosas creo que ese lugar habitable se va tornando imposible y que es suficiente un buen lugar para tirarse a morir. También lo veo difícil.