Todo el fin de semana me sentí como pavorreal. El motivo fue que después de cuatro años, mi hija Alejandra recibió su título de bióloga evolutiva en la Universidad de California en San Diego.
Con la Toga y el birrete, me dijo muy emocionada que le acababan de informar que se graduaría como Magna Cum Lauder, que significa con "Altos honores". En ese instante sentí que se me hinchaba un poco más el pecho. Y aunque yo sabía que yo no fui el que más colaboró en la consecución de sus logros, me dio un abrazo y me dio las gracias, me dijo "gracias por haber ido a las juntas de la escuela, por regañarme cuando no hacía la tarea, o sacarme de la cama para mandarme a la escuela".
Esas palabras fueron la mejor de las recompensas que he escuchado en mi vida.
Junto a Alejandra se graduaron otros 700 estudiantes más en carreras de ingeniería mecánica, química, aeroespacial, y neurociencias entre otros.
Como la ceremonia se iba alargando, me puse a escuchar cada uno de los nombres de los graduados y me puse a llevar una lista de los nombres hispanos. Despuyés de 600 nombres pude reiterar lo que ya todos sabemos: los asiáticos han decidido entrar a la Universidad como una forma de superar su calidad de vida en este país.
Los nombres de origen chino, japonés, vietnamita, indio o pakistaní, se repitieron una y otra vez. Intercalados entre los nombres de estos destacadísimos alumnos, se escuchaban por ahí uno que otro nombre de claro origen anglosajón.
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Bastaba voltear a los lados para corroborar lo que las cuentas me habían indicado La mayoría de los familiares e invitados a la graduación eran asiáticos y anglosajones.
Era como si en el campus estuvieran vedadas las familias afroamericanas, indias americanas o latinas.
Y me quedé pensando en eso, porque me recordó los tiempos de la segregación escolar racial que vivió el país hasta muy entrada la década de los sesentas.
El problema, dirían muchos, es que la Universidad es cara, y yo diría que si, es cara, pero hay becas y ayuda financiera.
El problema va más allá, es como si nuestros jóvenes se hubieran quedando dando vueltas en el círculo vicioso de la pobreza. Y en esto no sólo tienen la culpa ellos, sino también los padres de familia que no los empujan a seguir adelante, que les permiten quedarse en el primer trabajo que encuentran, que no participan en las escuelas o que no los apoyan al hacer sus tareas.
También hay responsabilidad de maestros y consejeros que muchas veces no les hacen caso porque "saben" que todo esfuerzo será inutil, porque por allá en el décimo grado, van a terminar "desertando como moscas', según me dijo alguna vez una maestra de la que prefiero no recordar su nombre.
Es tiempo de cortar ese círculo y motivar a nuestros hijos a que sigan adelante, a que se incorporen a las universidades, a que se preparen para tomar las riendas de este gran país.



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