En materia de felicidad, nadie tiene la fórmula mágica. Mi amigo Pedro, por ejemplo, lo tiene todo. Tiene una casa hermosa y a punto de pagar. Una esposa que lo ama y lo trata como el rey de la casa. Sus hijos, Adrían y María Luisa, son excelentes estudiantes, acomedidos y con un excelente trato. Pero Pedro, que maneja un BMW y gana montones de dinero cada mes, se la pasa renegando y ansiando el momento en que podrá mandar todo por la borda para entonces si poder disfrutar de la vida.

"Sabes Alejandro, estoy hasta el gorro de todo", me dijo hace un mes, mientras sacaba el yate del embarcadero de Long Beach. "Si fuera por mi, ahora mismo dejaba todo y me iba". Yo no supe qué decirle, lo único que se me ocurrió fue levantar mi cerveza y decirle Salud.

En el otro extremo está mi amigo Virgilio. El es un hombre delgado, de baja estatura, simpatiquísimo y siempre con una sonrisa en la boca. No tiene mucho dinero. De hecho apenas tiene una carcachita que lo lleva y lo trae y siempre tiene apuros económicos. Pero eso no lo atormenta. Cuando tiene, te invita a comer a su casa y te atiende como el mejor de los anfitriones. Cuando no tiene sin pena alguna lo dice y tan contento como siempre.

Virgilio no se queja. La última vez que lo ví estaba más flaco que de costumbre, estaba un poco demacrado, pero mantenía la sonrisa.

En tono de confianza, me dijo que se sentía más feliz que nunca. "Hace seis meses me descubrieron cáncer en el colon. Pensé que me iba a


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morir, pero después del tratamiento y la terapia, parece que el cáncer está desapareciendo. De verdad, que me siento mejor que nunca", me dijo mientras secaba una lágrima de sus ojos.

Les cuento ambos ejemplos, estimados lectores, como ejemplo de que la felicidad es lo más subjetivo que puede existir, y la prueba de ello es la encuesta que acaba de dar a conocer el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Michigan en la que midió el grado de felicidad por países y encontró que las naciones más felices, no son necesariamente las que más dinero tienen. De acuerdo a ese estudio, los más felices son Dinamarca, Puerto Rico y Colombia.

Ni Estados Unidos, con todo su poder económico, o Japón con su super desarrollo se encuentran entre los países más felices.

En cambio, naciones como Colombia y El Salvador, que han enfrentado guerras civiles, narcotráfico, guerillas y todo tipo de calamidades, sobresalen en la lista. Incluso México, que cada año tiene que expulsar a cientos de miles de sus ciudadanos hacia Estados Unidos por problemas económicos, se encuentra en el lugar 18.

Con esas diferencias entre los grados de felicidad de la gente, la única forma de explicarse la felicidad es a través de la libertad. La gente es feliz cuando siente que tiene la posibilidad de escoger el estilo de vida que prefiera.

Lo que es cierto es que la felicidad no hay que postergarla para el futuro o recordarla en el pasado, hay que vivirla en el presente, antes de que sea demasiado tarde.