Elegir una bicicleta para el trabajo significa tomar en cuenta los lugares por donde se habrá de andar, y los espacios para acomodarlas. Foto de Jones Bycicles en la calle Segunda de Long Beach, California. (José FUENTES-SALINAS)

Estoy sudando aún. Es cierto que tomé el camión Ruta 112 a la mitad del camino, pero la pedaleada desde el Parque El Dorado me hizo sudar.

No importa. Hoy aprendí una nueva estrategia para andar en bicicleta. La Ruta 173 que siempre tomo llevaba los tres compartimientos de las bicicletas ocupados.

El chofer cuando me vió apurado solo levantó las manos como diciendo "¡Ni modo!".

No perdí tiempo. Inmediatamente seguí por la avenida Wardlow y luego por la Diagonal de Los Coyotes.

Hubiéra querido esperar la Ruta 172 para ver si tenía más suerte para acomodar mi bicicleta, pero me envalentoné y seguí pedaleando.

Se muy bien que no hago más de una hora al centro de Long Beach, pero aún así, la briza que iba cayendo me hacía dudar. Me puse la gorra para que no se me empañaran los lentes. Luego me detuve para limpiarlos, como si fuera un parabrisas.

Me íban haciendo preguntas.

¿Por qué los alcaldes y los concilios son tan poco imaginativos para estimular el transporte público?

Si otros países menos presumidos han podido resolver el problema de la transportación de sus ciudadanos, ¿por qué los angelinos no lo han hecho?

Las preguntas me venían, mientras recordaba el Tour de Francia que estaba viendo hace unos minutos en el canal 78.

Hubiera querido traer una de esas bicicletas del Tour para llegar como bala al trabajo. Pero no. Las mejores bicicletas para ir al trabajo son como la que traigo. Ni demasiado grande como para que no quepa en la parrilla del autobús, ni demasiado delicada como para que no pueda transitar sobre las aceras.

Lo que se necesita es una bicicleta así, algo chaparrita y barata, con buena suspensión y frenos, para que la gente que también usa las aceras no se asuste.

Cuando uno usa la bicicleta para el trabajo, va descubriendo en el camino una ciudad que suele olvidar con las prisas. Ahí estaba en una esquina, escondido, un policía de motocicleta listo para poner tickets y ayudar a pagar la deuda de California. En otro lugar me encontré con la güerota largirucha de piernas bien torneadas a fuerza de pedalear; me encontré con la señora de los perritos y los chavos que también se van a la escuela en sus bicicletas (Chamacos: olvídense ya de llegar en auto a la High School, eso ya no es 'cool').

Es cierto que mi camino al trabajo no era como el del Tourt de Francia, con castillos y paisajes campirano, pero lo íba disfrutando. Las aceras que casi nadie usa, se las deben dejar a los ciclistas. Es la única forma segura de llegar al trabajo. Aunque... Déjeme decirle: en el trayecto me encontré con dos señoras imbéciles que por poco no se fijan cuando íba a pasar en la salida de una gasolinera y en una esquina. Una, porque quizá tiene la costumbre de ver solo de un lado para ver si viene un auto, la otra, porque íba pegada a su maldito celular. No. Aún pedaleando sobre las aceras, hay que cuidarse de los y las imbéciles. No crea que exagero. No crea que soy demasiado duro. Un dedo fracturado y chueco es un constante recordatorio de que uno tiene que cuidarse de... los imbéciles. Si, hombre, esos que no tienen sentido común y que solo a punta de multas entienden.

Más o menos, a la mitad del camino, entre la Calle Cuarta y Ximeno, vi que venía el autobús 112. Me detuve en una parada. Subí la bicicleta, y disfruté de la parte más escénica de la trayectoria. Esos jardines bien cuidados, y las cafeterías de la Avenida Broadway me recordaron cuando recién llegué a Long Beach, cuando andaba más de "pata de perro".

Más adelante se subió una tipa bien maquillada y vestida, como lista para llegar al trabajo.

¿Cuántos empleados podrían hacer lo mismo que ella, que yo?

No sé. Hay muchos que ponen pretextos: que si no pasan a tiempo los buses, que no les gusta la gente que se sube, que no es seguro... Lo cierto es ante la ineficiencia de las autoridades, lo único que queda es empezar a usar el transporte público y en el camino ir imaginando nuevas formas de hacerlo más eficiente, y de ir haciendo estrategias personales para resolver los contratiempos.

Solamente en la práctica, uno puede comprender mejor las cosas, y a menos que los consejales y el alcalde se ponga a pedalear y a usar el transporte público, jamás entenderán lo que se necesita hacer para ofrecer alternativas.

Llegando al trabajo, me dí cuenta que más o menos hice el mismo tiempo que otros días cuando uso la Ruta 173, desde que salgo de la casa.

Si. Estoy sudando un poco, pero he aprendido algo.